El último garrote vil

“¡!Tan! ¡Tan! ¡Tan! Canta el martillo, / el garrote alzando están, / canta en el campo un cuclillo, / y las estrellas se van / al compás del estribillo / con que repica el martillo: / ¡Tan! ¡Tan! ¡Tan! (Del Valle-Inclán,1919)

Cuando se habla de la historia reciente de España es inevitable pensar en las cuatro décadas comprendidas entre el 1 de abril de 1939 y el 20 de noviembre de 1975, unos años que no escapan ni siquiera de los más jóvenes. Pero… ¿qué elementos aparecen en el imaginario colectivo cuando hablamos del franquismo? ¿Cárceles, presidios, campos de concentración? ¿fusilamientos? Está claro que la Dictadura está llena de sombras, y el <<garrote vil­­>> es sólo una entre tantas otras.

Lo cierto es que este invento de verdugos y ejecuciones que parece propio del Medievo también ha formado parte de la historia contemporánea de España, siendo el 2 de marzo de 1974, cuando se ejecuta a Salvador Puig Antich, el último garrote vil. El debate de antaño se centraba en si el prisionero debía morir rápidamente y con dignidad, o sufriendo la agonía del estrangulamiento.

El garrote vil —establecido como el método de ejecución legal en el Código Penal español de 1848— es un artilugio que permite al verdugo matar a su víctima a través de un collarín de hierro asido a una silla adosada a un poste, causándole la muerte por rotura de la columna cervical. Posteriormente, se le incluyó un tornillo de hierro que se incrustaba por la parte posterior del cuello para alcanzar el bulbo raquídeo. A este último avance se le denominó el <<garrote catalán>> —por comenzar a utilizarse en Barcelona— y producía una agonía que podía llegar a alcanzar los veinte minutos. El régimen no iba a abandonar estas prácticas y Franco cumplió de lleno con sus propósitos arrasando con sus adversarios, aunque para ello el generalísimo tuviera que firmar sentencias de muerte –de hecho, lo hizo sin temblarle el pulso– añadiendo una simple coletilla que decía <<garrote vil­­>>.

Aunque el fusilamiento fuera ya concebido como un método más moderno y digno para el ajusticiado, con la condena a garrote de Salvador Puig hicieron ver que la dictadura no estaba dispuesta a claudicar ante las fuerzas antifranquistas.  La historia de este joven anarquista de 25 años, ejecutado en la cárcel Modelo de Barcelona, se convirtió en todo un símbolo de la represión franquista —incluso fuera de nuestras fronteras— tras la muerte de Carrero Blanco en 1973.

En 1971, Puig se unió al Movimiento Ibérico de Liberación (MIL), un pequeño pero activo grupo con una identidad ideológica reñida con las fuerzas conservadoras y tradicionalistas del momento, el cual se sufragaba a través de atracos en sucursales bancarias. En 1973, Puig fue detenido por la Brigada Político Social tras un encontronazo que acabó con la muerte de uno de los policías. Aunque la autopsia del agente fallecido nunca reveló si los casquillos encontrados en el cuerpo fueran disparados por el arma de Puig, el catalán fue condenado por asesinato por la justicia militar sin posibilidad de defensa alguna.

Pese a la oposición notoria de la sociedad, junto con la de algunos de los ministros del gobierno, se confirmaba la pena capital, en Barcelona el 1 de marzo de 1974 a las 21.40 horas, cuando Salvador Puig Antich moría <<por compromiso neurológico en anoxia con parada cardiorrespiratoria por garrote>>. Unas semanas más tarde, el 28 de marzo de 1974, en las calderas del Gobierno Militar ardían <<todas las pruebas, prendas, material propagandístico intervenido en la causa, por carecer de valor alguno>>, citando a Gutmaro Gómez Bravo.

La causa se fundamentó sobre una sistemática serie de irregularidades como fueron las desapariciones de documentos, casquillos de bala y pruebas decisivas. Además, el consejo de guerra rechazó todas las pruebas de defensa de su abogado, haciendo imposible su salvación, a la que no ayudó nada el clima propiciado por el atentado de ETA del 20 de diciembre de 1973 —donde la banda terrorista asesinó a Carrero Blanco— que agravó, si cabe, la actuación represiva y ejemplarizante del Estado.

Este año se cumplen 50 años de la ejecución de Salvador Puig Antich con uno de los más macabros métodos de ejecución que hayan existido en nuestro país. A día de hoy su familia todavía busca la revisión del proceso y esclarecer todas aquellas oscuridades que no permitieron ver la realidad de los hechos.

Canta en la plaza el martillo, / el verdugo gana el pan, / un paño enluta el banquillo. / Como el paño es catalán, / se está volviendo amarillo / al son que canta el martillo. / ¡Tan! ¡Tan! ¡Tan! (Del Valle-Inclán,1919).

Laura Pais Domínguez

Miembro de la Línea de Memoria democrática

Clínica Jurídica de Acción Social