Adiós a Francisco, ¿y ahora qué?

El pasado lunes falleció el papa Francisco y creyentes de todo el mundo (y no tan creyentes) lamentan su pérdida. Bergoglio ha sido en muchos aspectos un Sumo Pontífice innovador, revolucionario y progresista, fruto del Concilio Vaticano II, con ideas nunca antes vistas en la curia de Roma que nos hace preguntarnos cómo es posible que hubiera un tiempo donde la Iglesia y Franco fueran de la mano.

No es algo sorprendente decir que las dictaduras necesitan de apoyos para poder sustentar su poder y un pilar maestro de muchas ha sido la religión. Franco y Mussolini tenían el catolicismo; Stalin tenía el marxismo (que no deja de ser en el fondo otra religión); Hirohito, el sintoísmo. La Alemania nazi es como en tantas otras ocasiones algo más compleja. No solo porque el partido católico (zentrum) fuese uno de los grandes opositores del NSDAP, sino porque a pesar de lo que mucha gente se piensa los nazis eran fuertemente anticristianos. Y esto tiene sentido dentro de su dogma, es decir, ¿no sería incoherente acaso recluir al pueblo judío en campos de concentración mientras se venera al rey de los judíos? Los nazis intentaron consolidar la religión alemana, una fe basada en las tradiciones milenarias de los pueblos bárbaros que vivían en la Germania de antes de los romanos todo ello mezclado con dosis de otras religiones entre ellas la católica. Tal es así que se creó la Ahnenerbe para justificar la superioridad de la raza, base de toda la ideología hitleriana.

Franco basó su régimen desde muy pronto en el catolicismo. Aprovechó las circunstancias, ya que dentro de las medidas de la II República se habían limitado notablemente los privilegios y derechos de la Iglesia lo que le sirvió para situarla fácilmente a su lado. No es de extrañar por tanto que se hablase de la guerra como la ‘’Gloriosa Cruzada Nacional’’, tres palabras absurdas para referirse a la guerra civil. ¿Qué clase de energúmeno puede ver gloria en la destrucción y la muerte? ¿Qué clase de nacionalismo hay en matar a tus compatriotas, amigos o vecinos? ¿Son acaso Madrid, Barcelona o Valencia símbolos fulgurantes del catolicismo que deban ser rescatados de las manos de los herejes?

Sea como fuere, la victoria nacional brindó a la Iglesia la posibilidad de recuperar el poder perdido antaño. Así pues, Franco se vio recompensado por dirigir su cruzada frenopática contra su propio pueblo porque parece que Roma sí paga a traidores. Dentro de los derechos que se reconocieron se puede hablar del derecho de fuero donde los dignatarios de la Iglesia solo serían juzgados por el Derecho Canónico o el derecho de presentación donde Franco podría participar en la elección de los obispos católicos.

Así, un 1 de abril de 1939, España se sumió en las tinieblas olvidando paradójicamente uno de los fundamentos del mensaje de Dios: el amor al prójimo. Devinieron así cuarenta años de misas, donde si bien no eran obligatorias sí había cierto rechazo para aquel que no acudía, cuarenta años donde el ateísmo o el agnosticismo no estaban bien vistos y mucho menos hablar de quien profesase otras religiones.

Franco se basó en la Iglesia porque la Iglesia era fuerte y le permitió atraer a una buena parte de la población a su causa. Sin embargo, la Iglesia supo avanzar y Franco acabó siendo más papista que el Papa. El Concilio Vaticano II permitió entrar a la Iglesia en la actualidad quitando polvo que llevaba arraigado desde la Edad Media.  Es por eso por lo que en los años sesenta la Iglesia y el Franquismo empezaron a tener sus más y sus menos rompiendo esa armonía idílica forzando a Franco a buscar apoyo en otros lugares.

Ha muerto Jorge Mario Bergoglio, Francisco, un papa revolucionario que devolvió al centro de la Iglesia de nuevo a Jesús y su mensaje: el amor al prójimo.  Él predicaba que todos somos hijos de Dios, todos cabemos en la Iglesia: ateos, homosexuales e incluso ha favorecido la amistad con otras religiones. Todo lo contrario a lo que supuso la dictadura en España aunque ambos se basaron en la religión. Mientras que Francisco, el argentino, predicaba el amor, Francisco, el español, predicaba el odio. Es necesaria la autocrítica y entender que no todo vale bajo la idea de Dios.

Habrá que esperar a ver quién es el nuevo vicario de Cristo en la Tierra. Si bien con las tendencias actuales es inevitable cierto resquemor con tal de no dar un paso atrás y volver al odio hacia todo aquello a lo que sistemáticamente la Iglesia ha rechazado. El nuevo Papa deberá posicionarse: o bien continuar con el legado de Bergoglio, o bien cerrar las puertas de la Iglesia a ciertos colectivos.

Álvaro López Pérez

Línea de Memoria Democrática

Clínica Jurídica de Acción Social